Las
tierras ocupadas por las reducciones
jesuíticas eran frecuentemente
asoladas por bandas procedentes
del brasil. Los “bandeirantes”
practicaban la caza del hombre,
llevando prisioneros a los indígenas
a los que luego sometían
a la esclavitud. La organización
de los jesuitas, altamente disciplinada,
era un poderoso freno a la acción
de estas bandas, siendo frecuente
que ante la presencia de éstas
los indios buscaran su protección.
En las inmediaciones del actual
arroyo Santo Pipó existía,
por aquellos tiempos, una tribu
guaraní cuyo cacique
no había aceptado la
conversión al cristianismo
que predicaban los jesuitas.
En una de sus incursiones, los
bandeirantes atacaron la tribu,
muy pocos de cuyos integrantes
pudieron huir.
Entre éstos se contaba
el cacique, quien logró
cruzar el arroyo y refugiarse
en la reducción. Los
padres misioneros le administraron
las sagradas aguas, bautizándolo
con el nombre de Santos. Cuenta
la leyenda que los pies y manos
del cacique dejaron una huella
indeleble en los márgenes
del arroyo. Para conmemorar
el acontecimiento, los jesuitas
labraron una piedra en la cual
tallaron la huella de un pie,
la de una mano.
En guaraní “PI”
significa pie y “PO”
manos, “RE” huellas.
Así se formó Piporé
que significa: Huellas de Pie
y Mano del cacique Santos. Con
estos elementos y el apócope
irregular Santo (de Santos)
se formó “Santo
Pipó” que la imaginación
popular llevó a la categoría
de Santo Milagroso. |